Fredy Aco Bautista "“El demonio viste saco y corbata”.

La mujer del río

Fredy Aco

Años Anteriores

 

El río aun estaba muy agitado por las lluvias que azotaron durante
una semana de manera constante. El agua dejó en el recuerdo el
agua cristalina y el tono era chocolatoso. La corriente era
intensa. Desde el balcón improvisado de una casa abandonada
Gubia se apoyó con el codo, sus dedos tocaron su rostro para
entregar una pose de fotografía.

Sus ojos traían una mezcla de colores. Era una sinfonía de
arcoíris en donde las tonalidades sabían destacar de acuerdo a
las circunstancias: a veces eran más verdes, azules, grises, miel.
En sus pupilas se había descubierto la belleza.

Ella nació un día de diciembre con la luna a plenitud y esa noche
se sucedió uno de los fenómenos astronómicos más
impresionantes: el cometa más intenso pasó cerca de la tierra y
no se volvería a repetir en cien años.

El pueblo que la cobijó fue una comunidad de 300 casas de teja
las cuales siempre mantenían sus puertas abiertas y sólo las
protegían con biombos de colores para evitar que los perros
penetraran. El parque estaba custodiado por diez bancas de
concreto pintadas de blanco que daban paso a las parejas que
morían de emoción con sólo tomarse de las manos.

El sol caía a plomo a cualquier hora del día, pero los árboles de
equidanbar eran la protección ideal para los visitantes del
parque que se arrullaban con el constante canto de las
chicharras que sólo era opacado por el sonido de las campañas
de bronce que colgaban desde la parte más alta de la torre de la
iglesia y que bañaba a toda la comarca.

Las calles estaban en perfecta alineación con sus casas pintadas
de blanco y techos de teja salidos para cubrir, sus amplias
banquetas, del sol y de la lluvia. Las viviendas principales que
rodeaban el parque contaban con portales que por las noches
atraían a todos por su magnífica iluminación.

Todas las mañanas tenían la magia que ningún pueblo podía
presumir: el amanecer era la joya de la vista, porque se
despertaba con una capa inmensa de neblina que se disipaba con
la entrada de los primeros rayos del sol. Desde lo alto de las
montañas, que protegían el valle, se podía observar una sábana
blanca que lo cubría de los demonios de la noche. Por eso era
una comunidad en paz, en armonía, sin enojos, con el sello de la
solidaridad.

Gubia caminó por esas calles en donde no conocían el odio.

Su piel blanca estaba matizada de pecas provocadas por el sol
que acariciaba de una forma suave, hacía sudar a la piel para
mantenerla húmeda y expulsar toxinas que podía hacer daño al
cuerpo.

La pequeña Gubia siempre uso un corte de cabello demasiado
pequeño, una especie de peluca, porque sus padres decían que
era la mejor forma de exaltar la intensidad de sus ojos que
hacían sucumbir a todos.

A quinientos metros de distancia del parque pasaban las mejores
aguas de la región a través de un río cristalino, alimentado por
los diferentes afluentes de la parte alta. El líquido frío pasaba por
un sistema natural de filtración antes de llegar a la zona baja. Era
un paraíso para los peces de agua dulce y los langostinos que
crecían hasta lograr tamaños estupendos.

Gubia se desarrolló con la cualidad que pocos podían presumir:
la inocencia plena y la maldad fue siempre ajena a esta niña que
pasó sus años mozos entre el juego y la admiración por el río.

A los quince años se había convertido en una hermosa mujer con
la piel de color miel. Su personalidad, discreta, y sin maldad la
distinguían por encima de las demás mujeres de su edad. La
mayoría de los hombres estaban enamorados de ella, pero Gubia
no daba importancia al hecho.

El párroco del lugar, el padre Zeferino, muchas veces manejó la
idea de que ella tenía que estar al servicio de Dios pura en
cuerpo y alma, porque estaba seguro que con el tiempo podría
llegar a ocupar un lugar especial en la fe de los cristianos de la
zona.

La hermosa Gubia amaba las aguas cristalinas del río. Sin malicia
acudía frecuentemente el río a tomar un baño. Su cabello largo,
a sus quince años, era el reflejo del sol. Su torso lleno de
estrellas que se formaban con sus pecas era un portento.

Al lugar llegó un joven apuesto de nombre Braulio y cuando la
conoció de inmediato se enamoró perdidamente de ella. La
admiraba en silencio y compartía su cariño con su primo Ángel.

Dejó pasar mucho tiempo para confesarle su amor y una kermes
de la parroquia fue el momento ideal para expresarle que estaba
perdidamente enamorado de ella, pero Gubia sólo le regaló una
sonrisa que dejó ver el marfil de sus dientes.

Braulio guardó por siempre las esperanzas de que la mujer
correspondiera a su amor y se lo hacía saber con cartas que se
las entregaba a través de una amiga en común.

La temporada de lluvias llegó con demasiada furia y durante
quince días el sol fue secuestrado por las nubes negras, tanto
que convirtió las aguas cristalinas del río en agua chocolatosa
que ponía demasiado triste a Gubia.

Tres días después de la temporada borrascosa Gubia caminó
hacía el afluente. Desde un balcón improvisado y abandonado ella
se apoyó con el codo, sus dedos tocaron su rostro para dar paso
a una pose de fotografía. Observó con detenimiento una poza
que se formó en el centro del río. Una chispa de vida comenzó a
convertir el agua turbia, llena de lodo, en un espejo
transparente, hermoso que invitaba a sentir la tranquilidad que
irradiaba.

Gubia no tuvo duda en encaminarse a ese lugar. Bajó por la
vereda llena de piedras que había arrojado el río y con su vestido
blanco se introdujo a él con un andar hipnótico.

Desde lejos Braulio y Ángel observaron la escena. Fue un instante
de éxtasis y de miedo. Gubia llegó al centro del espejo natural y
unas ondas comenzaron a mover las aguas. Una burbuja emergió
hasta cubrir por completo a la doncella pura y sin pecado. La
bola transparente se elevó unos tres metros con ella adentro y
posteriormente comenzó a descender lentamente hasta
desparecer en medio del río.

Los jóvenes, atónitos por lo que habían visto, corriendo a dar
aviso de lo que había pasado y a los pocos minutos la población
inició la búsqueda, pero las aguas nuevamente estaban de color
café claro. Las tareas duraron una semana y jamás encontraron
ni una señal de Gubia.

Algunos juran que la han visto, en noches de luna llena, emerger
del río en su burbuja que irradia un halo de colores y muchos
hombres al ver su sonrisa sienten una atracción irresistible. Una
necesidad de caminar entre las rocas hasta llegar a la poza
cristalina de donde sólo encuentran a muerte.

Dicen que la mujer del río es la guardiana de las aguas, es la
encargada de castigar a los hombres que se apartan de la
armonía del pueblo y en algunas tormentas el río ha crecido
demasiado que ha causado daños en la población y es porque los
habitantes se han apartado de las buenas costumbres y ella les
manda señales, advertencias.

Braulio la esperó por varios años entre la soledad y tristeza.
Juran que una noche de luna llena lo volvió a ver radiante en
medio del río y caminó hacia ella para perderse juntos en la
eternidad.

Fin

Cupon del dia
Emmanuel & Mijares